La necesidad de la diversidad en las responsabilidades de los profetas

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    • #261
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      Estamos en momentos muy críticos para la democracia. El tsunami generado por Donald Trump arremete con todo. ya tiene siervos o lacayos negros que están burlándose  de Martin Lutero King. Por otro lado declara la guerra comercial  a los Estados con el establecimiento de aranceles, la presión para que inviertan en  defensa , para anexionarse territorios o para sustituir el  nombre de accidentes geográficos. Los inmigrantes han sido declarados como seres malvados, sin derechos y sujetos a deportaciones .. Todo ello en apenas una semana de acceso a su “trono”  desde donde ejercer su imperialismo expansivo e injusto.

      Los políticos apenas están reaccionando  ante este nuevo caudillo y mucho menos los poderes económicos y las élites empresariales mucho menos, se están plegando.

       Sin embargo, la iglesia ,una obispa, ha sido capaz de hacerle frente .

      En una semana se han publicado al menos tres artículos de opinión en un solo periódico que destacan  el comportamiento de este símbolo de los profetas.

      En una semana se han publicado al menos tres artículos de opinión en un solo periódico que destacan  el comportamiento de este símbolo de los profetas.  Se  adjuntan los tres artículos para iniciar el debate

      https://elpais.com/opinion/2025-02-01/el-linaje-de-los-profetas.html

      https://elpais.com/opinion/2025-01-26/yo-tambien-estoy-con-ella.html

      https://elpais.com/opinion/2025-01-26/tomar-la-palabra.html

      En entradas sucesivas se reproducen en abierto los artículos citados

    • #262
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      El linaje de los profetas

      En la historia del sacerdote francés François Ponchaud en Camboya está la triste lucha de los que quieren hacer saber la verdad sobre las tiranías                         Antonio Muñoz Molina

      El linaje de los profetas | Opinión | EL PAÍS

      En el Antiguo Testamento los profetas no vaticinan lo que va a suceder, sino que denuncian lo que ya está sucediendo, los abusos y las injusticias contra las que solo ellos se atreven a levantar la voz. A los profetas los imaginamos desgreñados y predicando a gritos, voces roncas que claman casi siempre en el desierto. El más verdadero del último siglo, Martin Luther King Jr., sabía modular y elevar la voz con la vehemencia estremecedora de las iglesias negras del Sur, pero su dicción era siempre cultivada y precisa, y su porte el del teólogo universitario que de muy joven había deseado ser. Como en este tiempo todo lo más noble parece estar sujeto a la degradación y a la parodia, el nombre venerable de Martin Luther King lo pronuncia en vano Donald Trump, y, en el espectáculo televisivo chocarrero en que lo convierte todo, un pastor negro exento de dignidad pero no de servilismo parodia histriónicamente la oratoria y los gestos del profeta asesinado en 1968. De tanta desolación pública solo nos rescató la obispa Mariann Edgar Budde, que buscaba los pequeños ojos huidizos del aspirante a tirano del mundo mientras le decía desde el púlpito una de esas verdades que solo se atreven a enunciar los profetas, sin necesidad de levantar la voz, con ese aspecto de fragilidad engañosa, que era sobre todo indicio de una delicada fortaleza interior, con esa llana elocuencia en la que había algo del recitado exacto de un poema.

      Escuchando el sermón y observando la presencia agraciada y austera de la obispa Budde, a uno le daban ganas de hacerse episcopaliano y de asistir sin falta a servicios así en las mañanas de domingo, en iglesias de desnudez protestante, tan distintas de aquellas a las que íbamos de niños “los domingos y fiestas de guardar”, decoradas con malos cuadros religiosos oscurecidos de mugre y con imágenes truculentas de cristos y santos.

      En los mismos días en que la obispa Budde nos depara no sé si algo de consuelo o de esperanza ha tenido mucha menos resonancia la muerte de otro religioso que a su manera también ejerció la profecía. Era el padre François Ponchaud, sacerdote francés que había pasado gran parte de su vida en Camboya, y que ha muerto en una casa de retiro en Francia a los 85 años. En las fotos el padre Ponchaud tenía una presencia física saludable y austera, pero también animosa, como la obispa Budde. Llegó como misionero a Camboya en 1965, recién ordenado sacerdote, y en la atmósfera de cambios del Concilio Vaticano II decidió por su cuenta no decir más la misa en el latín, sino en la lengua jemer, que aprendió con la celeridad del entusiasmo. “Vine a Camboya no a convertir a nadie sino a ayudar a la gente a comprender el valor de su propia religión”. Decía que las enseñanzas de Buda y la práctica de la meditación le enseñaban a ser mejor cristiano.

      Su vida contemplativa y pastoral terminó cuando en 1969 Richard Nixon y su secuaz Henry Kissinger decidieron bombardear masivamente y en secreto Camboya, que era un país neutral, con el propósito de castigar a los soldados del Vietcong y de Vietnam del Norte que se movían en las zonas fronterizas. En la primera campaña, bautizada en código Operación Menú, y en el curso de unos pocos meses, fortalezas volantes B-52 lanzaron 108.000 toneladas de bombas sobre un país selvático y agrario poco mayor que las dos Castillas juntas. Tres años más tarde, en 1973, los estrategas del Pentágono dieron con otro nombre ingenioso para una nueva operación: ahora se llamaba Freedom Deal, y en ella se lanzaron 250.000 toneladas de bombas. En total, algo más de 500.000 toneladas cayeron sobre Camboya hasta el final de una guerra que teóricamente sucedía en el país de al lado. Las cifras en crudo dicen poco: Estados Unidos lanzó sobre Camboya la mitad de las bombas que había lanzado sobre Alemania entre 1942 y 1945.

      Durante muchos años el padre Ponchaud pidió que se juzgara a Henry Kissinger por crímenes de guerra. Y también cargó sobre él y sobre Richard Nixon una parte grande de la responsabilidad por la siguiente tragedia colectiva que se abatió sobre Camboya, el régimen de los Jemeres Rojos. Fueron los desastres provocados por tantos bombardeos, la disgregación social, la furia contra los agresores, lo que alimentó la popularidad y facilitó el camino para que esa guerrilla comunista tomara el poder en 1975 y hundiera al país en un abismo inconcebible de terror y miseria. En los años de los bombardeos estadounidenses se calcula que murieron unas 300.000 personas. Entre 1975 y 1979, el régimen encabezado por Pol Pot exterminó a costa de hambre programada y matanzas metódicas a casi dos millones, en un país de siete millones de personas.

      Pero en Occidente nadie quería saber nada. Después de tantos años de guerra primero colonial y luego imperialista en Indochina, la llegada de los Jemeres Rojos al poder se veía, sobre todo en ambientes progresistas, como una jubilosa liberación, una de esas revoluciones triunfantes en países exóticos que la izquierda de los países ricos celebra con un fervor entre épico y condescendiente. A diferencia de tantos profesores y expertos universitarios, François Ponchaud estaba allí: vio entrar a los libertadores en Phnom Penh, y se fijó en que no sonreían ni miraban a la gente que los aclamaba. A continuación, y de un día para otro, los Jemeres Rojos ordenaron la evacuación total de la ciudad, y el padre Ponchaud se vio arrastrado en ella, en una riada de un millón de personas que tenía que salir no se sabía hacia dónde, todo el mundo, hasta los ancianos en las residencias, los enfermos graves en los hospitales, los tullidos arrastrándose. Los dirigentes jemeres no eran campesinos ignorantes y fanatizados: varios de ellos tenían doctorados en Filosofía o “Ciencia” política en la Sorbona. Mao Zedong había dictaminado que un buen poema solo puede escribirse sobre una hoja en blanco. Sobre la hoja en blanco de las ciudades evacuadas y destruidas, de las minorías intelectuales, religiosas y políticas exterminadas, Pol Pot y los suyos decidieron poner en práctica la utopía de un nuevo comienzo absoluto. En París, Le Monde publicaba un titular clamoroso: “Phnom Penh Liberé”.

      François Ponchaud leyó ese titular en Tailandia, en la frontera de Camboya, rodeado de fugitivos del país, de gente hambrienta y aterrada que contaba cosas increíbles, y a la que nadie hacía caso. Los medios de izquierdas celebraban desde lejos el régimen jemer con la misma convicción, y con la misma irresponsable ignorancia, con que diez años antes habían celebrado la Revolución Cultural china. Cuando François Ponchaud empezó a denunciar en voz alta lo que de verdad ocurría, lo que había visto con sus ojos, lo que sabía de primera mano, lo que le contaban los testigos en su propia lengua, hubo una campaña internacional contra él. Intelectuales y profesores en universidades de élite, que no habían estado nunca en Camboya ni mucho menos hablaban el idioma jemer, le acusaban de no conocer el país, y de inventar propaganda reaccionaria. En el diario Libération se sugirió que muy probablemente el padre Ponchaud era agente de la CIA. Sin acobardarse, con la tenacidad de los profetas, François Ponchaud siguió predicando en el desierto, no esgrimiendo argumentos, ni haciendo proclamas, sino ofreciendo datos, testimonios, pruebas. En 1977 publicó el primer libro en el que se contaba la verdad sobre aquel país martirizado: Cambodge Année Zéro. Dos años después el régimen cayó y cuando se abrieron las puertas de lo que había sido un gran campo de exterminio desde 1975 no sé si alguien de aquella frívola izquierda ignorante se acercó al padre Ponchaud y le pidió perdón por sus calumnias.

    • #263
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      Yo también estoy con ella

      La obispa Budde tenía pensado articular su sermón en torno a honestidad, dignidad y humildad, pero al escuchar las palabras de Trump en su toma de posesión sintió la llamada de una obligación moral                                                                      Elvira Lindo

      Yo también estoy con ella | Opinión | EL PAÍS

      En 2009, por cosas que no vienen a cuento, me vi en Nueva York enfrentando una mudanza yo sola. Llegó la víspera y los del nuevo edificio me empezaron a pedir papeleos del seguro que yo, ignorante, no había cumplimentado. Paralizada, me senté en el suelo de aquel piso vacío y pensé en rezar. No hizo falta, porque apareció un ángel. Se llamaba José Fernández, neoyorquino de origen puertorriqueño, decorador que venía a hacerme algunos arreglos. El hombre, como un personaje de Frank Capra, se ofreció a ayudarme. Le invité a comer; le hubiera puesto un piso. Nos hicimos casi amigos. Me dijo que vivía en Times Square. ¿En Times Square, donde los teatros? Sí, allí vivía él con su marido, pastor episcopaliano de una iglesia ubicada en el mismo corazón del musical. Nos invitaron una noche al templo, escuchamos una misa cantada y subimos luego al apartamento de José y del padre Jay, que se quitó el alzacuello como el ejecutivo se quita la corbata y sin bendecir la mesa disfrutamos de una cena deliciosa hablando de cine español, que les fascinaba. Al salir a la calle, expuestos a la algarabía incesante de Broadway, desconcertados como Michael Keaton en Birdman cuando se ve desnudo en medio del gentío, pensé que siempre hay personas tan bondadosas que consiguen crear un remanso de paz en medio de la batalla. Quise casarme allí, en la cuna del musical, bendecida por ese buen pastor, pero se me tachó de fantasiosa.

      En 2012 un joven y brillante pianista de Picanya, Antonio Galera, me escribió diciéndome que iba a estar de paso en Nueva York dos días y que si le conseguía un piano me daba un concierto. Nunca le pregunté si lo había propuesto en serio, pero para mí se convirtió en un reto. Pregunté en los centros españoles y nada, entonces recurrí a una vecina del barrio, María José Pascual, valenciana proclive al mecenazgo, y entre las dos encontramos una iglesia, la West End Collegiate Church, dirigida por una mujer, la pastora Cynthia Powell, a su vez directora de la Stonewall Chorale, el primer coro de gays y lesbianas en EE UU, inspirado en la histórica defensa de los derechos gays a raíz de las manifestaciones del año 69 contra las redadas policiales en el mítico bar del West Village. El joven Galera pudo tocar y no solo para mí, allí asistió un nutrido grupo de vecinos que disfrutó de una velada con ecos de lo mejor de España. Luego cenamos con la arrolladora pastora, su mujer y otras amigas. Galera y Powell establecieron un vínculo afectivo que dura hasta hoy y que le facilitó al músico conexiones con algunos festivales prestigiosos del Estado.

      La obispa Budde tenía pensado articular su sermón en torno a honestidad, dignidad y humildad, pero al escuchar las palabras de Trump en su ceremonia de posesión sintió la llamada de una obligación moral, la de añadir un cuarto elemento: el ruego urgente por la compasión, por la misericordia, una petición dirigida a un mandatario que esquivaba su mirada desde uno de los bancos de la fastuosa Catedral de Washington. No fue fácil para esta mujer irrumpir con la verdad en un templo plagado de súbditos de Trump, pero pensó que debía ser la voz de los que no la tienen. No era la primera vez que plantaba cara al gigante, ya en 2020, cuando vio al hoy presidente blandir airadamente la Biblia después de que la policía disolviera con violencia a los manifestantes que clamaban a favor de la justicia racial, Budde expresó su indignación en un artículo de The New York Times contra un gesto que consideraba opuesto a las enseñanzas bíblicas.

      Hoy he visto a la pastora Cynthia Powell animando a agradecer a Budde su valiente sermón. Aparece en su petición una foto de la obispa sonriente y una frase que reza: I´m with her. Yo también estoy con ella. Cuando la Iglesia Católica admita la diversidad en sus predicadores se acercará más a su doctrina, aquella que dice desear que la paz esté con nosotros

    • #264
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      Tomar la palabra

      La obispa de Washington subió al púlpito para cantar las verdades a quien afirma hablar en nombre del pueblo, aunque en realidad busque anularlo destruyendo su pluralidad      Máriam Martínez-Bascuñán

      Tomar la palabra | Opinión | EL PAÍS

      En una sociedad condenada a no entenderse, donde el intercambio de argumentos se ha convertido en pura demonización mutua, aparece de pronto una figura menuda que consigue emocionarnos con un lenguaje sencillo que todos reconocemos. Mariann Edgar Budde, obispa episcopalista de Washington, toma la palabra delante del hombre más poderoso del mundo para decirle directamente una verdad. No es un análisis centrado en la lógica y la evidencia, pues no se apoya solo en los hechos para demostrar, a la manera del factchecking, su correcta y científica verdad. La obispa ejemplifica algo fundamental: el valor de quien toma la palabra porque es importante hacerlo, a sabiendas de que se expone, arriesgando su persona y su posición. En el momento en que lo hace, la catedral torna en espacio ético, pero también político: al hablar, nos muestra cómo se dice la verdad, quién la escucha y cómo llega a la sociedad.

      Los griegos lo llamaban parresía, pero estamos tan centrados en verificar los hechos para nuestra satisfacción ideológica que olvidamos la importancia que tiene en democracia fomentar las condiciones para que podamos decir la verdad y ser escuchados. Esta mujer de apariencia frágil sube al púlpito para decir una verdad a quien afirma hablar en nombre del pueblo, aunque en realidad busque anularlo destruyendo su pluralidad. Reconocemos la verdad de la obispa porque la cuenta de manera sencilla y empática, con el lenguaje de la vida real: hay personas que tienen miedo, inmigrantes, niños gays, lesbianas y transexuales que temen por sus vidas. Sus palabras caen pesadas y ligeras como una guillotina, mostrando la distancia entre el lenguaje de la realidad y la forma en que nos habla el poder. La herida en la legitimidad de nuestros políticos viene de desdeñar ese idioma común, de su desprecio por la vida sensible de las personas.

      Decimos que las democracias mueren porque los partidos no actúan como guardarraíles contra el autoritarismo que ellos mismos generan, y es cierto. Pero hay una crisis profunda que afecta a la representación, al alejamiento de los políticos y cómo han ido apagando deliberadamente nuestro sentido político. Es difícil, incluso de mal gusto, reconocerse en el lenguaje infantilizado del “aprovechategui” o la “tecnocasta”. ¿Dónde está ese lenguaje de la verdad que es real porque nombra lo que nos sucede? Ha pasado ya el espejismo de la vivienda como preocupación, con nuestros partidos sistémicos hablando de sus propuestas, por vagas que fueran. De la votación sobre las pensiones, al parecer importantísima y de la que apenas sabíamos nada, solo nos queda el “no” de la oposición para debilitar a un gobierno que solo la impulsó para aprovechar el rechazo y desgastar a Feijóo. Es indecente que el Gobierno estire la situación para sacar provecho, como lo es que el PP tumbe el decreto sin más razón que la derrota de Sánchez. Pero lo que debería preocuparnos es la alienación que produce. Nuestra política se convierte en papel cuché. Entre el novio de Ayuso y la esposa del presidente, todo se reduce a disputas de prensa rosa, alejadas de lo que realmente nos sucede. ¿Cómo confiar en la política si no nos ve ni reconoce lo que nos pasa? Pero cuidado. Los autócratas como Trump aprovechan el resentimiento y desprecio provocado por la dejación de responsabilidad democrática de esos partidos tradicionales que, ellos sí, viven cínicamente sumergidos en su propia y alternativa realidad.

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